La promesa de paz de Colombia bajo fuego a medida que aumenta la violencia

Cuatro años después de prometer una "paz total", los candidatos presidenciales colombianos divergen en estrategias para combatir la creciente violencia guerrillera y los conflictos armados.
Las próximas elecciones de Colombia han vuelto a poner en el centro de atención el compromiso de la nación con la paz, con candidatos presidenciales profundamente divididos sobre cómo abordar el resurgimiento de la violencia guerrillera que continúa desestabilizando el país. Han pasado cuatro años desde que la actual administración hizo una ambiciosa promesa de lograr lo que denominó "paz total", pero la realidad sobre el terreno cuenta una historia marcadamente diferente. Los crecientes ataques de facciones rebeldes y grupos disidentes han reavivado la preocupación sobre si Colombia podrá alguna vez escapar del ciclo de conflicto armado que ha definido gran parte de su historia moderna.
El histórico acuerdo de paz de 2016 entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), el ejército insurgente más grande de América Latina, representó un momento decisivo en la lucha de la nación por la estabilidad. El acuerdo logró varios hitos importantes: las Farc se comprometieron oficialmente a deponer las armas, miles de combatientes ingresaron a programas de desmovilización y los niveles generales de violencia que habían plagado al país durante décadas experimentaron una disminución sustancial. Para muchos colombianos, el acuerdo simboliza la esperanza de que lo peor del conflicto armado finalmente haya quedado atrás.
Sin embargo, el acuerdo de 2016 por sí solo resultó insuficiente para poner fin al arraigado conflicto armado que ha definido a la sociedad colombiana durante generaciones. Las administraciones posteriores emprendieron lo que muchos observadores caracterizaron como un lento proceso de implementación de las disposiciones integrales del acuerdo. La ambiciosa agenda del acuerdo para el desarrollo rural, la reparación de las víctimas y la justicia de transición enfrentó repetidos retrasos y financiación insuficiente. Estas brechas en la implementación crearon un terreno fértil para el descontento y los nuevos cálculos entre varias facciones armadas que vieron que el compromiso del gobierno era vacilante.
El acuerdo de paz enfrentó el rechazo desde el principio por parte de disidentes de las Farc y organizaciones rebeldes rivales que se negaron a aceptar los términos del acuerdo. Estos grupos argumentaron que el acuerdo no abordó sus quejas subyacentes con respecto a la distribución de la tierra, la inclusión económica y la representación política. Al no poder o no querer unirse al proceso oficial de desmovilización, miles de excombatientes se reagruparon y reanudaron sus operaciones en regiones remotas del país. Su negativa a aceptar el acuerdo de paz creó estructuras de poder paralelas que han desafiado cada vez más la autoridad gubernamental en territorios clave.
Entre los acontecimientos más problemáticos ha estado el surgimiento de facciones disidentes que se escindieron de la organización original de las Farc casi inmediatamente después de que el acuerdo de paz entrara en vigor. Estos grupos disidentes, denominados colectivamente "disidentes de las Farc", rechazaron el liderazgo de quienes habían negociado el acuerdo de paz y optaron en cambio por continuar con las operaciones armadas. Operando principalmente en regiones productoras de coca y a lo largo de fronteras internacionales, estos disidentes se han involucrado en el tráfico de drogas, la extorsión y disputas territoriales con otras organizaciones criminales, creando un panorama de seguridad cada vez más complejo.
Más allá de las disidencias de las Farc, otros grupos armados han intensificado sus actividades en los últimos meses y años. El Ejército de Liberación Nacional (ELN), el segundo grupo rebelde más grande de Colombia, ha ampliado su huella operativa y la frecuencia de sus ataques contra objetivos militares e infraestructura civil. Mientras tanto, organizaciones criminales vagamente alineadas con restos de grupos paramilitares se han involucrado en sus propias campañas de violencia destinadas a controlar los lucrativos corredores de tráfico de drogas y las operaciones mineras ilegales.
El deterioro de la situación de seguridad ha creado un desafío político complejo para los candidatos a las elecciones colombianas mientras buscan diferenciar sus enfoques sobre la seguridad nacional y la construcción de la paz. Algunos candidatos han abogado por una continuación del enfoque basado en el diálogo, argumentando que los acuerdos negociados siguen siendo el camino más viable hacia una paz duradera. Señalan la reducción sustancial de la violencia lograda en los años inmediatamente posteriores al acuerdo de 2016 como evidencia de que el compromiso, en lugar de la confrontación militar, ofrece las mejores perspectivas para la estabilidad.
Por el contrario, otros candidatos han adoptado una posición más dura y han pedido mayores operaciones militares contra grupos rebeldes y medidas policiales más estrictas. Sostienen que el énfasis del gobierno en el diálogo ha envalentonado a las facciones armadas y les ha creado espacio para reorganizar y ampliar sus operaciones. Estos candidatos sostienen que es necesario un enfoque más contundente para restablecer la autoridad estatal en territorios donde los grupos armados han establecido un control de facto.
Las divisiones políticas reflejan desacuerdos más profundos sobre las causas fundamentales del prolongado conflicto de Colombia. Quienes proponen continuar con los esfuerzos de paz enfatizan las desigualdades estructurales, la falta de oportunidades económicas en las áreas rurales y la marginación histórica de ciertas comunidades como factores subyacentes de la insurgencia. Abogan por inversiones en desarrollo rural, educación e inclusión económica como complementos esenciales de cualquier estrategia de seguridad. Su perspectiva sugiere que sin abordar estas condiciones fundamentales, las victorias militares resultarán temporales e incompletas.
Quienes están a favor de una respuesta más militarizada responden que las prioridades de seguridad deben tener prioridad sobre las iniciativas de desarrollo, particularmente cuando la autoridad gubernamental es impugnada activamente por grupos armados. Argumentan que el Estado no puede implementar eficazmente programas de desarrollo en áreas donde no ejerce un control básico y, por lo tanto, las operaciones militares deben primero restaurar la presencia gubernamental. En su opinión, sólo después de establecer esta base se podrán implementar otras políticas de manera significativa.
El momento de esta elección llega en un momento particularmente crítico para los esfuerzos de paz colombianos. Los observadores internacionales han señalado que el impulso logrado inmediatamente después del acuerdo de 2016 se ha disipado considerablemente. La financiación para iniciativas de consolidación de la paz se ha estancado o disminuido en términos reales. Los programas de reintegración diseñados para ayudar a los excombatientes a hacer la transición a la vida civil han tenido problemas con recursos inadecuados y un apoyo inconsistente. Estas fallas en la implementación han contribuido a la frustración tanto entre los excombatientes como entre las comunidades afectadas por la violencia.
El aumento de la violencia también refleja la dinámica cambiante en los mercados criminales globales. Los altos precios sostenidos de la cocaína y la expansión de la demanda en América del Norte y Europa han hecho que el control de las rutas de producción y tráfico de drogas sea cada vez más valioso para los grupos armados. Este incentivo económico ha llevado a varias facciones a competir de manera más agresiva por el control territorial y el dominio de la cadena de suministro. El resultado ha sido una escalada de violencia que afecta no sólo a los combatientes sino también a los civiles atrapados en zonas de conflicto.
Las tendencias de la violencia en las estadísticas recientes han demostrado ser aleccionadoras para quienes esperaban que el acuerdo de paz marcara el comienzo de un período de mejoras sostenidas en la seguridad. Las cifras de víctimas han aumentado, particularmente en regiones donde operan disidentes y grupos criminales competidores. Los secuestros, las masacres y los desplazamientos forzados se han reanudado a niveles preocupantes en varias provincias. Estas condiciones de deterioro han llevado a las organizaciones humanitarias a advertir sobre una posible crisis humanitaria si las tendencias actuales continúan sin intervención.
Mientras los colombianos se preparan para emitir sus votos, la elección sirve como un referéndum no sólo sobre la gestión del proceso de paz por parte de la administración actual sino también sobre el compromiso más amplio del país con el acuerdo de paz en sí. Las elecciones que hagan los votantes sobre a qué candidato apoyar determinarán efectivamente qué dirección seguirá Colombia durante el próximo mandato de la administración. ¿El país volverá a comprometerse con la ambiciosa agenda del acuerdo de 2016 e invertirá en su plena implementación, o cambiará hacia un enfoque que priorice la seguridad y enfatice las operaciones militares por encima del diálogo y el desarrollo?
Lo que está en juego en estas elecciones se extiende más allá de las fronteras de Colombia. Los observadores regionales y los socios internacionales han invertido importantes recursos diplomáticos y financieros para apoyar los esfuerzos de paz de Colombia. Un cambio importante de política podría afectar la confianza en los procesos de paz en otras partes de América Latina y potencialmente desestabilizar a los países vecinos que se han beneficiado de una paz relativa en su frontera con Colombia. Por lo tanto, la comunidad internacional observa las elecciones colombianas con considerable atención, esperando continuidad y compromiso con los principios de paz.
En última instancia, el camino a seguir para Colombia requerirá un liderazgo dispuesto a sortear compensaciones extraordinariamente difíciles entre los imperativos de seguridad y los compromisos de consolidación de la paz. El próximo presidente tendrá que demostrar tanto la determinación de enfrentar a los grupos armados que amenazan la autoridad del Estado como la sabiduría para buscar acuerdos negociados cuando sea posible. El éxito en abordar la violencia en Colombia exigirá un compromiso sostenido, recursos adecuados y un progreso genuino en las medidas de desarrollo e integración social que forman la base de una paz duradera. Las elecciones determinarán no sólo quién lidera el país, sino también qué visión para el futuro de Colombia (construcción continua de la paz o confrontación renovada) guiará a la nación hacia adelante.
Fuente: The Guardian


