Riesgo de guerra entre Etiopía y Eritrea en medio de tensiones regionales

Los expertos advierten sobre una escalada de tensiones entre Etiopía y Eritrea a pesar de los retrasos temporales. Descubra qué podría desencadenar un nuevo conflicto armado en el Cuerno de África.
Etiopía y Eritrea se encuentran en una precaria encrucijada mientras observadores internacionales y analistas regionales examinan la posibilidad de un nuevo conflicto armado entre las dos naciones. La animosidad histórica entre estos países vecinos, arraigada en décadas de disputas territoriales y agravios no resueltos, continúa latente bajo la superficie de una calma relativa. Si bien los acontecimientos geopolíticos en las regiones vecinas han desviado temporalmente la escalada militar inmediata, los expertos en seguridad siguen profundamente preocupados por las tensiones subyacentes que podrían reavivar las hostilidades en cualquier momento.
La situación actual representa un equilibrio frágil más que una resolución genuina de las disputas fundamentales que han plagado las relaciones entre Etiopía y Eritrea desde su devastadora guerra a finales de los años 1990. Según numerosos analistas regionales, la guerra que tiene lugar en Irán ha creado inadvertidamente un respiro temporal en lo que de otro modo sería una escalada de confrontación entre Addis Abeba y Asmara. Sin embargo, este respiro no debe confundirse con una paz duradera o una reconciliación genuina entre las dos naciones. Más bien, refleja la forma en que las crisis internacionales pueden desviar temporalmente el enfoque y los recursos de las potencias regionales lejos de sus propias tensiones bilaterales.
No se puede subestimar el contexto histórico de las relaciones entre Etiopía y Eritrea al evaluar los riesgos actuales. Las dos naciones participaron en un conflicto brutal entre 1998 y 2000 que provocó unas 80.000 muertes y desplazó a cientos de miles de civiles. Las causas subyacentes (cuestiones de demarcación fronteriza, reclamos territoriales en competencia y profundas diferencias ideológicas) nunca se resolvieron completamente mediante acuerdos de paz posteriores. En cambio, simplemente quedaron congelados, creando lo que los expertos describen como un conflicto latente con el potencial de reavivarse en las circunstancias adecuadas.
Los acontecimientos recientes en el Cuerno de África han demostrado que ambas naciones mantienen capacidades militares significativas y la voluntad de desplegarlas cuando están en juego intereses nacionales percibidos. Ningún analista serio que examine la trayectoria de la región puede descartar un conflicto armado entre Etiopía y Eritrea. El gobierno de Addis Abeba continúa modernizando su infraestructura militar, mientras que Eritrea mantiene un aparato estatal fuertemente militarizado a pesar de su pequeña población y sus limitados recursos económicos. Estos aumentos militares, combinados con la retórica nacionalista que emana de ambas capitales, crean un entorno en el que un error de cálculo o un incidente catalizador podrían rápidamente derivar en una guerra abierta.
El papel de las potencias internacionales en la gestión de esta situación volátil sigue siendo complejo y a menudo contraproducente. Varios actores externos, incluidas poderosas naciones regionales y grandes potencias distantes, tienen intereses contrapuestos en la estabilidad o inestabilidad de Etiopía y Eritrea. Algunas naciones se benefician de las tensiones regionales que mantienen a estos países preocupados por cuestiones militares en lugar del desarrollo económico o el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Esta complejidad geopolítica significa que incluso los esfuerzos internacionales de paz bien intencionados a menudo no logran abordar las causas fundamentales del antagonismo entre Etiopía y Eritrea.
Los factores económicos también contribuyen al cálculo del riesgo que rodea la posible reanudación de las hostilidades. Ambas naciones enfrentan importantes desafíos económicos, incluida la pobreza generalizada, el desempleo y el desarrollo limitado de infraestructura. En tales contextos, los llamamientos nacionalistas y las aventuras militares pueden volverse políticamente atractivos para los líderes que buscan consolidar el poder y redirigir la frustración pública hacia enemigos externos en lugar de hacia fracasos internos. El riesgo de escalada entre estas naciones no puede separarse de sus circunstancias políticas y económicas internas más amplias.
Los intentos de la comunidad internacional de facilitar el diálogo entre Addis Abeba y Asmara han logrado, en el mejor de los casos, resultados mixtos. Las iniciativas diplomáticas lanzadas por la Unión Africana, varias organizaciones regionales y naciones individuales han producido acuerdos temporales y arreglos de alto el fuego, pero ninguno ha resultado en acuerdos de paz integrales que aborden las disputas subyacentes. La confianza entre los dos gobiernos sigue gravemente dañada y cada parte mantiene profundas sospechas sobre las intenciones y capacidades del otro. Esta falta de confianza crea un dilema de seguridad en el que las medidas militares defensivas de un lado son interpretadas como preparativos ofensivos por el otro, lo que potencialmente desencadena acciones preventivas.
La situación se complica aún más por la presencia de varios grupos armados y milicias que operan a través de las fronteras de ambas naciones. Estos actores no estatales a veces operan con el apoyo implícito o explícito de los gobiernos de Etiopía o Eritrea, creando capas adicionales de posibles desencadenantes de conflictos. Los incidentes que involucran a estas fuerzas proxy podrían escalar rápidamente a un conflicto directo entre gobiernos si cualquiera de las naciones interpreta las acciones como ataques directos a su soberanía o intereses de seguridad. Las tensiones que existen entre Addis Abeba y Asmara se extienden más allá de las disputas formales a nivel gubernamental y abarcan una red compleja de actores armados con sus propias agendas y capacidades.
Las organizaciones humanitarias que trabajan en la región expresan serias preocupaciones sobre las posibles consecuencias si se reanudan las hostilidades entre estas naciones. Las poblaciones civiles de ambos países, que ya luchan contra los efectos de conflictos anteriores y la actual inestabilidad regional, enfrentarían consecuencias devastadoras si se reanudaran los conflictos bélicos. El acceso a alimentos, agua potable, atención médica y otros servicios esenciales se vería gravemente afectado, lo que podría afectar a millones de personas en todo el Cuerno de África. La comunidad humanitaria internacional ha hecho gestiones ante ambos gobiernos enfatizando el catastrófico costo humano de un nuevo conflicto, pero estas advertencias parecen tener un impacto limitado en la planificación militar y los cálculos estratégicos.
Mirando hacia el futuro, varios escenarios podrían desencadenar un nuevo conflicto armado entre Etiopía y Eritrea. Un incidente territorial en regiones fronterizas en disputa, movimientos políticos nacionalistas que buscan movilizar el apoyo público o acontecimientos regionales más amplios que cambien los cálculos estratégicos de una o ambas naciones podrían servir como catalizadores de una escalada. El respiro temporal creado por la atención internacional a los acontecimientos en otros lugares de la región no debería generar complacencia sobre los riesgos de conflicto fundamentales que siguen arraigados en las relaciones entre Etiopía y Eritrea. Los analistas de seguridad enfatizan que el actual período de relativa calma es precisamente el momento en que se deben intensificar los esfuerzos diplomáticos sostenidos para abordar las causas subyacentes en lugar de simplemente controlar los síntomas.
Los riesgos de un posible conflicto renovado se extienden mucho más allá de las fronteras de Etiopía y Eritrea. Una guerra importante entre estas naciones tendría profundas consecuencias para la estabilidad regional en todo el Cuerno de África, lo que podría desencadenar crisis de refugiados, perturbaciones económicas y desafíos de seguridad más amplios que afectarían a los países vecinos, incluidos Sudán, Kenia y Djibouti. Las potencias internacionales con intereses en la estabilidad africana se verían obligadas a involucrarse profundamente en esfuerzos para contener o resolver tal conflicto. Por lo tanto, la posibilidad de que se reanuden las hostilidades armadas exige una atención sostenida por parte de los actores regionales e internacionales comprometidos con la paz y la estabilidad en esta región de importancia estratégica.
En conclusión, si bien las perspectivas inmediatas de una escalada importante parecen temporalmente disminuidas debido a las distracciones externas y la atención internacional en otros lugares, las condiciones fundamentales para un nuevo conflicto entre Etiopía y Eritrea permanecen inquietantemente intactas. A menos que los esfuerzos diplomáticos serios logren abordar las disputas territoriales subyacentes, generar confianza entre los gobiernos y crear mecanismos para la resolución pacífica de disputas, no se puede descartar responsablemente el riesgo de una nueva guerra. La comunidad internacional, las organizaciones regionales y los propios gobiernos de Etiopía y Eritrea tienen la responsabilidad de utilizar este período actual de relativa calma para lograr avances genuinos hacia una paz duradera en lugar de simplemente esperar a la próxima crisis.
Fuente: Deutsche Welle


