La apuesta de la Corte Suprema por el derecho al voto ignora el pasado racista de Estados Unidos

Un experto jurídico critica la decisión de la Corte Suprema de debilitar la Ley de Derecho al Voto, argumentando que el fallo supone ingenuamente que los líderes estadounidenses evitarán la discriminación.
La reciente decisión de la Corte Suprema en el caso Callais representa un alejamiento preocupante de décadas de protección del derecho al voto, construidas sobre una suposición fundamentalmente errónea sobre la gobernanza estadounidense. Básicamente, seis jueces han depositado su fe en la noción de que Estados Unidos ha experimentado una transformación tan profunda que las salvaguardias consagradas en la Ley de Derecho al Voto se han vuelto obsoletas. Este razonamiento ignora la persistente realidad de la discriminación arraigada en las instituciones estadounidenses y los patrones históricos que demuestran por qué tales protecciones legales siguen siendo esenciales hoy en día.
La premisa central del fallo (que los líderes y funcionarios electos estadounidenses actuarán voluntariamente con integridad y justicia en lo que respecta al derecho al voto) ya ha sido completamente desacreditada por la historia. Esta visión optimista de la democracia estadounidense no tiene en cuenta la erosión sistemática y documentada del acceso al voto que se ha acelerado incluso en los últimos años. Desde la manipulación electoral hasta las leyes de identificación de votantes y el cierre de centros de votación en vecindarios predominantemente minoritarios, la evidencia sugiere que sin supervisión externa y restricciones legales, la discriminación continúa sin disminuir.
Considere el contexto histórico que ilustra por qué esta decisión es tan preocupante. En 1901, el mismo año en que nació el bisabuelo del autor, George H. White se levantó para dirigirse al Congreso por última vez. White era un congresista republicano de Carolina del Norte y el único miembro negro de todo el Congreso de los Estados Unidos. Se vio obligado a dejar el cargo porque su estado había aprobado una legislación diseñada específicamente para hacer imposible su reelección. Esto no fue una aberración ni el acto de unos pocos extremistas; representaba la voluntad del establishment político de un estado de eliminar la representación política negra.
El período posterior a la Reconstrucción fue testigo de un desmantelamiento sistemático de la promesa de una democracia multirracial que se había logrado a un costo tremendo. Los soldados de la Unión y los pueblos liberados habían derramado sangre para establecer el principio de que todos los estadounidenses merecían igual participación política. Sin embargo, al cabo de una generación, esa promesa se había reducido, aplazado y, en última instancia, borrado de gran parte del país. Los estados del sur implementaron un complejo sistema de privación de derechos mediante pruebas de alfabetización, impuestos electorales, cláusulas de abuelo e intimidación absoluta. Estos mecanismos no fueron expresiones espontáneas de preferencias locales; eran políticas coordinadas y deliberadas diseñadas para concentrar el poder político en manos de los votantes blancos.
La pregunta que debería plantearse la Corte Suprema no es si Estados Unidos ha cambiado, sino si los incentivos para la discriminación han desaparecido. No lo han hecho. El paisaje político de 2026 sigue demostrando que el poder se disputa según criterios raciales y que los cambios demográficos amenazan los acuerdos políticos establecidos. En este entorno, la protección proporcionada por la legislación sobre el derecho al voto sigue siendo más necesaria que nunca. Cuando los tribunales eliminan los mecanismos de supervisión, eliminan el control externo principal sobre el comportamiento discriminatorio por parte de funcionarios estatales y locales.
La carga de la prueba debe recaer en quienes argumentan que la discriminación ya no es una amenaza, no en quienes argumentan que las protecciones deben permanecer vigentes. Sin embargo, la Corte Suprema ha revertido efectivamente esta presunción. Los jueces de la mayoría han exigido que los defensores de los derechos civiles demuestren continuamente, de nuevo, que la discriminación persiste, incluso cuando la evidencia los rodea. Cada ley electoral restrictiva que se aprueba, cada colegio electoral que cierra, cada distrito legislativo que se traza con precisión quirúrgica para disminuir el poder de voto de las minorías es testimonio de la necesidad de una supervisión federal sólida.
La historia de las relaciones raciales estadounidenses enseña una lección aleccionadora: el progreso no es inevitable ni permanente. Los derechos garantizados pueden renunciarse. Las protecciones que parecen firmemente establecidas pueden ser desmanteladas por tribunales más comprensivos con quienes buscan restringirlas. La Ley de Derecho al Voto no se aprobó partiendo del supuesto de que los estadounidenses sean intrínsecamente buenos y harán lo correcto. Se aprobó porque décadas de evidencia empírica demostraron que sin restricciones legales y supervisión federal, los estados y localidades negarían sistemáticamente el derecho al voto por motivos de raza.
Lo que hace que la decisión de Callais sea particularmente peligrosa es que nos pide que apostemos toda la estructura de protección electoral a una esperanza y no a una evidencia. Eleva el optimismo sobre la naturaleza humana por encima del registro histórico concreto del racismo institucional. Los jueces que apoyan esta decisión están pidiendo a los afroamericanos, los latinoamericanos, los asiáticoamericanos y a todas las comunidades de color que confíen en que quienes están en el poder se abstendrán voluntariamente de usar su autoridad para poner en desventaja a los votantes minoritarios. Esta solicitud pide demasiado.
El historial de los últimos años debería informar nuestro escepticismo sobre dicha confianza. Las purgas de votantes han afectado desproporcionadamente a los votantes minoritarios. Los requisitos de identificación de votantes han creado barreras documentadas para los ciudadanos que carecen de ciertas formas de identificación. Las leyes de privación de derechos por delitos graves, aplicadas de manera desigual en todas las razas, han impedido que millones de personas participen en la democracia. Nada de esto requirió un racismo consciente y articulado; sólo requirió el ejercicio de discreción al implementar políticas aparentemente neutrales en un país con profundas desigualdades estructurales.
La decisión de la Corte Suprema refleja una jurisprudencia conservadora más amplia que considera las protecciones y mecanismos de supervisión de los derechos civiles como obstáculos que hay que superar en lugar de salvaguardias necesarias que hay que preservar. Esta perspectiva fundamentalmente malinterpreta la naturaleza de la discriminación institucional. La discriminación no requiere intenciones maliciosas; sólo requiere la libertad de ejercer el poder sin restricciones. Al eliminar el requisito de que ciertas jurisdicciones obtengan la aprobación federal antes de cambiar los procedimientos de votación, la Corte ha eliminado un freno crucial al ejercicio de ese poder.
Para quienes vivieron la era de los derechos civiles o quienes la estudian seriamente, la decisión de Callais se siente como una traición a los logros obtenidos con tanto esfuerzo. Generaciones de activistas lucharon, se sacrificaron y murieron para asegurar el derecho al voto. Lo hicieron porque entendieron que la democracia estadounidense no se protegería a sí misma, que la libertad es algo que debe defenderse continuamente contra quienes la restringirían. La mayoría de la Corte Suprema ha decidido, sin pruebas convincentes, que esta vigilancia ya no es necesaria.
La decisión tampoco tiene en cuenta la evolución de las tácticas discriminatorias. A medida que los viejos métodos de privación de derechos se han vuelto política y jurídicamente insostenibles, han surgido nuevos métodos. La supresión del voto moderna es a menudo más sutil que las barreras de Jim Crow, pero no menos efectiva. Opera mediante purgas de votantes, cierre de centros de votación, redistribución de distritos y otros mecanismos que mantienen la negación y al mismo tiempo logran efectos discriminatorios. La eliminación de la supervisión federal da a estas tácticas espacio para prosperar sin control.
En última instancia, la decisión de Callais representa una falla de la imaginación judicial y la conciencia histórica. Los seis jueces de la mayoría esencialmente han declarado que Estados Unidos se ha convertido en una nación donde podemos asumir con seguridad que quienes están en el poder actuarán justamente con los votantes minoritarios. La historia sugiere lo contrario. Hasta que desaparezcan los incentivos para la discriminación, hasta que el cambio demográfico deje de ser visto como una amenaza al poder político y hasta que veamos evidencia sostenida de buena fe a lo largo de siglos en lugar de años, las protecciones de la Ley de Derecho al Voto seguirán no sólo justificadas sino esenciales para la integridad de la democracia estadounidense.
Fuente: The Guardian


